lunes, 18 de mayo de 2015

Pinocho 2.0 – Guillermo Vidal





Ninguna frase tan letal como: “Vas a tener un hermanito”, fue lo que dijo la madre acompañando las palabras con la sonrisa enigmática que utilizaba solo en ocasiones especiales, que jamás resultaban como se espera. Fue hace mucho tiempo es cierto y el tiempo, dicen, lo cura todo, excepto si las cosas se ponen peor. 
Pero el desastre había comenzado sin que nadie lo anticipara con los primeros modelos robóticos de aspecto humano. Se fabricaban en cantidad para funciones elaboradas, como asistentes, tareas de precisión, cálculos y proyectos complejos más allá del cerebro humano y finalmente para realizar los sueños de las personas, el esposo, la mujer, el hijo ideal por primera vez al alcance de la mano y realizados con tanta perfección que resultaban indistinguibles de las personas. Un logro espectacular de tecnología, sin duda, pero también acarrearon una multitud de sufrimientos. La reacción contra estos engendros, como los llamaban los movimientos de protesta contra las personas artificiales, fue brutal pero ya era tarde para detener la expansión a todos los estratos de la sociedad. Ya no valía la pena traer humanos al mundo, los robots lo hacían mucho mejor, con menos esfuerzo, más durables, de adaptación rápida y modificaciones a gusto del cliente y finalmente muy sencillos de reemplazar por un modelo nuevo. Los sótanos y desvanes se encontraban abarrotados de los obsoletos. De manera simultánea comenzó también el internado. Un instituto especializado para resolver el problema creciente de los inadaptados, aquellos que no eran capaces de convivir con los robots de inteligencia artificial y aspecto humano. Comenzó siendo de rehabilitación y terminó por ser, como todos sabían, un lugar de aislamiento, un depósito  donde se enviaban a los hijos de carne y hueso cuando entraban en la edad difícil, o  a cualquier edad, cuando ya no cumplían las expectativas o no eran amados y por falta de recursos terminaban sus días en el internado. Galet escuchó con paciencia y espero que la ronda diera toda la vuelta para hablar.
—Soy Galet, humano de carne y hueso y no me averguenza.
—Hola Galet—respondieron a coro los presentes—, nosotros también somos de carne y hueso y tampoco nos avergonzamos.  
—Sin embargo aún la más sofisticada tecnología tiene un punto débil —dijo Galet como respondiera a una vieja pregunta—. Cuando tenía doce años me encontraba atravesando una etapa de crecimiento complicada. Los estallidos de independencia me exponían al disgusto de mis padres, los cambios biológicos me quitaron la gracia de la infancia para convertirme en un ser torpe y desaliñado. Para el cumpleaños número trece, ya era mayor para la ley, el regalo fue un hermanito, el Pinocho 2.0 especialmente diseñado para la familia. Improvisé un agradecimiento mientras era embargado por el temor, el día del reemplazo había llegado y aunque lo sabía no por eso el golpe fue menos devastador. Hice el esfuerzo de convivir con el pinocho 2.0, pero a pesar de los buenos propósitos no pude soportarlo, la ira que intentaba ocultar se me desbordaba hasta reventar en estallidos incontrolables. La paciencia que demostró la familia para me hizo sospechar si al menos uno de sus padres no había sido reemplazado por un robot de aspecto humano, lo más probable es que fuera mi padre, no recordaba la última vez que lo había escuchado hablar. Pero la expulsión llegó y supe que todo había terminado cuando mi madre me llamó y en la dura y fría mirada de ella, encontré escrita la sentencia inapelable. Mi hermano se había sentido mal en los últimos días. Una simple avería, dijo el especialista en robótica, pero cuando realizó la revisión de rutina  desde afuera de la habitación escuché el grito ahogado de mi madre, con el rostro desencajado abrió la puerta del cuarto y me enfrentó—Galet le agregó énfasis al relato imitando las voces y los gestos.
—¿Galet, qué le hiciste a tu hermano?
—Nada —protesté en vano.
—¿Le contaste la historia de Pinocho?
—Él quería conocer la historia del muñeco que se volvió humano, agregué con algo de sorna.
—Sabes que tu hermano es muy sensible a los cuentos fantásticos y en especial a ese. Por esa razón te advertimos que jamás le contaras el cuento de Pinocho.
—De algún modo la paradoja que plantea el cuento los desajusta y dejan de funcionar—agregó el especialista.  
—¿Puede arreglarlo? —rogó mi madre mientras continuaba cerrándome el paso en el intento de escapar hacía el patio.
—Es posible, sí, pero las memorias afectiva no. Solo se recuperan los datos.  
—No sabía que le iba a pasar eso—dije—. ¿No puede reiniciarlo?, después de todo era una maquina pensé.
—¡Pero ya nunca será el mismo! —Interrumpió mi madre—. ¿Te gustaría que tus memorias fueran nada más que fechas e información? Sin abrazos, risas, juegos, tiempo compartido juntos aprendiendo. Le quitaste a tu hermano los tiempos felices para siempre, ¿te das cuenta de la gravedad de la situación?, lo convertiste en una máquina sin alma.    
—Es una máquina —dije desafiante. Mi madre alzó la mano y esperé el golpe pero no llegó. Abrí los ojos justo para ver como una chispa se apagó en los ojos de ella, como si algo hubiera dejado de funcionar para siempre.
—Ya es hora de que te vayas al internado, hasta que aprendas a convivir con las personas.
—¡El no es una persona! —grité furioso.
—Tal vez no sea como nosotros pero es capaz de ofrecer amor más que algunos de carne y hueso, eso es tener alma —me respondió mientras se retiraba del cuarto dándome la espalda—. Voy a prepararte la valija. Cierto, encontré un defecto, supongo que ya lo han solucionado, pero me costó caro.
En cada uno de los años que vivió en el internado, hasta los dieciocho años, la familia enviaba una torta con los deseos que mejorase pronto. Cuando Galet soplaba las velas rogaba en secreto a los cielos, o a cualquier divinidad ya fuera el destino o los astros, que usaran el poder que poseían para convertirlo en un Pinocho 2.0. Pero el deseo no se hizo realidad y nunca regresó.
Hoy le tocaba vivir bajo un puente, en la ciudad vieja, el antiguo centro urbano abandonado; los Pinochos 2.0 construyeron nuevas ciudades, limpias, ordenadas y los que no se adaptaban eran exiliados. Para conseguir comida existía un comedor popular y era requisito concurrir de las reuniones de reeducación, la única razón por la que Galet se encontraba allí, por lo demás, ya no pedía ser un Pinocho 2.0.   

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