jueves, 21 de mayo de 2015

El señor de los gusanos – Guillermo Vidal


El señor de los gusanos - Guillermo Vidal






Aquella fue una mañana oscura, como todas desde que tenían memoria, pero ese día sucedió algo que modificó la rutina para siempre, un objeto de grandes dimensiones cayó del cielo y con un gran estruendo se estrelló contra la montaña. Tras la explosión que conmovió las columnas de los pasillos y abrió grietas en el suelo rocoso los habitantes de los pasillos se arriesgaron a salir a la intemperie y observaron como una gruesa columna de humo negro se elevaba y las llamas ardieron sin interrupción hasta entrada la noche. Solo los hermanos Kay y Eibe sintieron curiosidad por conocer que había sucedido allí arriba. Estaban seguros que no se trataba de una roca, porque observaron que había cambiado la trayectoria como si intentara evitar la colisión y su descenso se hizo más lento poco antes de estrellarse. No se trataba de algo que ellos pudieran construir. 
A pesar de la insistencia de los hermanos, el jefe de los pasillos decidió que no enviaría a nadie. Todos estuvieron de acuerdo en subir la montaña significaba un gasto de energía y recursos que no podían desperdiciarse para una expedición sin ninguna ganancia; demasiadas conflictos se generaban entre ellos por la escasez. Sobrevivían escondidos bajo toneladas de roca para protegerse de la radiación, en una vida miserable, además de la amenaza de los otros pasillos en igual o peor estado que ellos. Pero los hermanos desafiaron las órdenes y bajo su propio riesgo se lanzaron a la montaña. Tras una semana entera, cuando ya se les habían terminado las provisiones, alcanzaron la cima.
Allí estaba esa extraña maquinaria que viajaba sin necesidad de alas a pesar de su enorme tamaño. La nave se encontraba inclinada sobre la ladera, dentro ahora un cráter que le hacía de nido y a pesar de los daños por el violento impacto no la había destruido por completo. Una entrada se hallaba abierta, pero no parecía que fuera a causa de la colisión. Kay y Eibe ingresaron al interior, había muchas luces distribuidas en paneles de la sala espaciosa, nada como las antorchas que iluminaban los pasillos subterráneos. 
Sentado en algo parecido a un trono se encontraba el único tripulante, estaba muerto, con un enorme agujero en el pecho. Revisaron el resto de la nave pero no hallaron a nadie más. El piloto mantenía una mano en alto como indicando hacía un lugar, como si estuviera a punto de realizar una maniobra que quedó sin completar. Después de una cuidadosa recorrida cayeron en la cuenta de que la maravillosa tecnología que contemplaban no les serviría de nada. Tal vez el jefe tenía razón y habían arriesgados sus vidas inútilmente, lo mejor era regresar pronto. Pero los cambios del clima en la cima eran abruptos, apenas habían comenzado el descenso cuando se desató una tormenta repentina que los obligó a retroceder y a refugiarse en la extraña nave, no era lo que deseaban pero al menos se mantendrían con vida.
En el interior el frio no era tan intenso y los hermanos se acomodaron como pudieron en los que suponían funcionaba de asientos, eran mullidos y cómodos, contiguos al del extraño y silencioso navegante. El viento se colaba por la entrada abierta y Kay en un intento de cerrarla la empujó con fuerza y de inmediato fue despedido por una poderosa mano invisible que lo aplastó contra un panel y una saliente le cortó la cara de lado a lado, era una herida profunda que no paraba de sangrar y en la frente se le veía parte del hueso. La puerta se cerró sola y pasaron la noche sin sufrir el frio extremo del exterior pero continuaban con hambre, sed  y la fiebre de Kay que aumentaba; de seguir así no iba a tardar en morir. Ante la desesperación Eibe revisó el interior buscando lo que fuera que pudiera ayudarlos sintiendo como si la mirada del extraño lo siguiera y de algún modo también lo guiaba. En un recoveco justo en la dirección donde señalaba la mano del forastero llegado del cielo halló diversos frascos y tomó algunos al azar y bebió. Luego de esperar, al ver que no sufría ningún efecto dañino  le dio de beber a Kay, pero no encontró nada con qué alimentarse. Por extraño que pareciera luego de una noche de sueños cargada de presagios se sintieron mejor y despertaron animados, Kay ya no sangraba, ni mostraba rastros de la fiebre, la terrible herida de manera inexplicable estaba seca, aunque la cicatriz lo iba a marcar para siempre.
A pesar de que la situación había mejorado todavía necesitaban algo de comer y continuaron buscando sin ningún resultado. El único lugar que no habían revisado era el cuerpo del extraño, cubierto por una especie de armadura.  Superando el intenso terror que les provocaba tocar al piloto muerto, levantaron el casco del viajero del cielo y contemplaron su rostro al descubierto, era difícil reconocer los rasgos porque estaba muy desfigurado. No había dudas de que se trataba de un humanoide, la cabeza se hallaba cubierta de gusanos de una especie que jamás habían conocido,  en los pasillos había una gran variedad, muchos de ellos venenosos. Estos eran muy extraños, tenían un color blanco traslucido y brillante, desprendían un brillo intenso y jugoso. Sin pensarlo demasiado tomaron algunos y los masticaron, podían ser mortales pero iban a morir de hambre de todos modos. Pero no murieron ese día, ni al siguiente.
El alimento resulto nutritivo y quedaron saciados, juntaron lo que pudieron en los frascos vacíos de las provisiones y cuando se encontraban dispuestos a partir una voz que emanaba de las paredes les habló. Salieron corriendo imaginado que el espectro del fallecido había despertado. Pero no se trataba de ningún fantasma, era la nave, una muy particular y superado el sobresalto se acercaron a escuchar lo que la voz tenia para decirles,  conocía el lenguaje de los pasillos y se ofreció para ayudarlos,  tal era la intención del muerto, aseguró. Se quedaron en la nave a pesar de la resistencia de Kay que no confiaba en las voces que no podía ver de dónde venían. Los hermanos aprendieron en la nave el lenguaje del cielo y la escritura que esta les entregó, estaban hechas en un papel resistente de un material que desconocían, allí estaban condensados los conocimientos  para que la vida no fuera solo supervivencia, para hacer crecer alimentos de la piedra y producir agua. Medicinas como las que los habían sanado, mejorar sus viviendas y al final instalarse en la superficie sin que el sol los dañara quemándoles la carne.
Tras un mes de reclusión en la montaña sin salir de la nave bajaron de la montaña, anunciándose a los gritos como profetas que  traen la salvación. Pero Eibe no regresó a los pasillos,  Kay explicó a todos la razón por la que su hermano no había vuelto con él. “Partió con el señor de los gusanos,  así fue como llamaron al navegante muerto.  
La nave era extraña y a pesar de estar seriamente dañada fue reparándose a sí misma y cuando se encontró lista para regresar al cielo, se encendieron luces rojas acompañadas de un sonido insistente que se repetía a intervalos regulares. Era un gemido lúgubre, como el de un animal llamando a la manada, que despertaba desazón y pena. Kay no deseaba quedarse allí arriba, ya había recibido lo suficiente del señor de los gusanos,  Eibe, en cambio, decidió quedarse. Kay debió resignarse a volver solo y a la distancia  contempló la nave tan reluciente como si jamás se hubiera estrellado y a su hermano que lo saludaba, después entró a la nave y la puerta se cerró. Las luces aumentaron de intensidad junto a los sonidos y el enorme aparato se elevó sin dificultad, alejándose de la montaña y perdiéndose tras las nubes, en un instante ya no había rastro de ellos, solo el gran cráter vacío.
Kay recordaba a Eibe y repetía la historia de la renovación a quien quisiera escucharla, de cuando el valle era árido y el señor de los gusanos había llegado con la misión de ayudarlos, de cómo su querido hermano Eibe había partido en la nave a los cielos dejándolo solo bajar la montaña. “Pero me prometió que va a regresar, aseguraba a los creyentes, con otros señores de los gusanos, a quedarse para siempre, trayéndonos otros tesoros que no podemos ni imaginar y llevarse a los cielos quienes deseen hacerlo”.
Algunos de los hijos de Eibe, sin embargo, murmuraban a escondidas que la nave del señor de los gusanos partió sin su padre. Kay había peleado con su hermano por quedarse con los tesoros que trajo de la nave de los cielos y lo mató. Su cadáver se encuentra en una tumba secreta en la montaña en un lugar  que el traidor jamás iba a revelar, pero se había convertido en un líder muy poderoso para que pudieran hacerle algún daño. Solo Kay sabía lo sucedido, la cicatriz de aquella aventura, una gruesa y profunda línea recta desde la frente hasta la barbilla daba testimonio de los peligros que enfrentaron. Todavía guardaba en secreto el frasco donde esconde a uno de los gusanos que trajo de la montaña y que los alimentaron. Parece inerte pero si quita la tapa se mueve y recupera el brillo, es el único testigo de lo sucedido en la nave del cielo, además de Kay, pero no puede hablar. A veces cuando se  encuentra solo y nadie lo observa, coloca el gusano sobre su cara, lo deja pasear por la antigua cicatriz, lo siente comer los restos de la piel, está seguro que lo disfrutan, ambos lo hacen. De algún modo ahora Kay se había transformado en el señor de  los gusanos.